Durante muchos años, el diseño de los sistemas de seguridad electrónica se ha apoyado fundamentalmente en criterios funcionales. En videovigilancia analizamos cobertura, resolución, almacenamiento o capacidad analítica; en control de accesos prestamos atención a lectores, credenciales, controladores, disponibilidad e integración; mientras que en intrusión valoramos detectores, comunicaciones y capacidad de respuesta. A todo ello se suman hoy la interfonía IP, los centros de control, las plataformas de gestión y una infraestructura de comunicaciones que conecta un número creciente de dispositivos y servicios.
Todos estos parámetros continúan siendo esenciales, pero ya no son suficientes. Una cámara IP, un controlador de accesos, una central de intrusión, un videoportero o un servidor de gestión no son únicamente elementos destinados a proteger físicamente una instalación. También ejecutan software, utilizan protocolos de comunicación, gestionan credenciales e intercambian información y, con frecuencia, permiten su administración remota o utilizan servicios externos.
Proteger una instalación exige, por tanto, mirar más allá de su funcionamiento físico y considerar también la seguridad digital de los sistemas que utilizamos para hacerlo.
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